Dios está en el cielo,
y el Diablo en el infierno.
Pero lo que yo más quiero
en esta Tierra encuentro.
Las hojas son verdes,
azul es el mar.
Y entre estas verdades
¿Qué significa amar?
A paso lento
se avecina la muerte
sin censo.
El cielo decidió
sin pena ni gloria.
Y sin envidia
cayó.
dissabte, 9 d’octubre del 2010
divendres, 8 d’octubre del 2010
Atrás.
Miró hacia atrás, casi sin poder contener las lágrimas. La lluvia comenzaba a caer lentamente, y con ella, descendían las temperaturas. Pero no pareció importarle. Tampoco se daba cuenta del fango que se creaba a sus pies, que le ensuciaba y le marcaba. Sólo tenía ganas de desaparecer detrás de mucha negrura. Mucha, mucha y solitaria negrura. Pero eso era imposible, al menos técnicamente. No pudo más, se tiró contra el suelo y rompió el cielo a gritos de terrible agonía. Se embarró completamente la ropa, y la humedad comenzó a calar hondo en sus huesos. Y en su corazón.
El llanto era espeso, casi tanto como la tierra de debajo de su cuerpo. Y sus sentimientos se movían como entre algún tipo de puré. Le costaba respirar, le había costado calmarse. Y ahora analizaba su triste situación: perdido en medio de ninguna parte, sin nadie. Pensaba matarse allí, llevaba el cuchillo y las pastillas. Ahora tenía dudas, cuando más decidido debería estar. Momentos antes lo había visto bien claro, había repasado veinte veces el movimiento que debía hacer, la fuerza que debía aplicar, cuándo tomarse las pastillas. Ahora veía a su madre regañándole por llegar tan sucio a casa; y ofreciéndole un café caliente y una manta. Veía a su perro moviendo la cola alegremente y pidiendo a ladridos que le dejaran entrar en casa. Veía a Elizabeth que tantas veces le había rechazado, sintiéndose culpable. Y detrás de todo eso, se veía a sí mismo, más solo y más triste de lo que jamás había estado.
Desvaneció lentamente sus pensamientos hasta que sólo quedó uno: quiero morir. Entonces sacó una pastilla y tragó. Cogió el cuchillo y, con la punta, rasgó hasta la mitad del antebrazo. La sangre, un contraste rojo y caliente entre toda aquel agua y frío, resbaló por su piel. Se tomó otra pastilla. Se arañó el otro brazo.
Entonces comenzó a gritar y a llorar de nuevo. Que aquello no era justo, pero era su vida. Bueno, había sido su vida.
El llanto era espeso, casi tanto como la tierra de debajo de su cuerpo. Y sus sentimientos se movían como entre algún tipo de puré. Le costaba respirar, le había costado calmarse. Y ahora analizaba su triste situación: perdido en medio de ninguna parte, sin nadie. Pensaba matarse allí, llevaba el cuchillo y las pastillas. Ahora tenía dudas, cuando más decidido debería estar. Momentos antes lo había visto bien claro, había repasado veinte veces el movimiento que debía hacer, la fuerza que debía aplicar, cuándo tomarse las pastillas. Ahora veía a su madre regañándole por llegar tan sucio a casa; y ofreciéndole un café caliente y una manta. Veía a su perro moviendo la cola alegremente y pidiendo a ladridos que le dejaran entrar en casa. Veía a Elizabeth que tantas veces le había rechazado, sintiéndose culpable. Y detrás de todo eso, se veía a sí mismo, más solo y más triste de lo que jamás había estado.
Desvaneció lentamente sus pensamientos hasta que sólo quedó uno: quiero morir. Entonces sacó una pastilla y tragó. Cogió el cuchillo y, con la punta, rasgó hasta la mitad del antebrazo. La sangre, un contraste rojo y caliente entre toda aquel agua y frío, resbaló por su piel. Se tomó otra pastilla. Se arañó el otro brazo.
Entonces comenzó a gritar y a llorar de nuevo. Que aquello no era justo, pero era su vida. Bueno, había sido su vida.
dimarts, 5 d’octubre del 2010
Momento comprometido.
Descansaba sobre su pecho, abrazada cálidamente. Y ahora respiraba también pesadamente. El vaivén de su pecho se tornó igual que el mío. Le miraba desde un ángulo difícil y, tapada entre anchas ropas y sus brazos, sólo acertaba a ver su pelo oscuro y su tez clara. Me recordaba a la técnica del claroscuro, como un cuadro matizado sólo por los colores del fondo. O a una vieja película de amor. Podría haberme quedado allí durante una eternidad, y repetir incesantemente sin cansarme nunca. Era incapaz de apartar los ojos de los suyos, que estaban cerrados, pero yo los imaginaba: marrones y mirándome. Me picaban las costillas y el pelo me cosquilleaba la nariz, pero no quería moverme por temor a despertarle. El silencio era casi absoluto, sólo mancillado por el ruido ronco de mis suspiros y los coches pasando por la calle. La luz era ínfma, pues las persianas estaban puestas y el día estaba nublado. Me gustaba estar así, la verdad era que no necesitaba nada más. Era feliz, en cierto modo.
Pero de pronto, la musiquita de mi móvil rompió la magia de la sencillez. Él gimió molesto y quitó los brazos de encima de mí para que pudiera contestar la llamada. Cogí el aparato, suspiré y pulsé la tecla verde:
-¿Aló? -contesté apartándome el pelo de delante de la cara.
Él volvió a abrazarme por la cintura y me atrajo hacia sí. Sonreí para mis adentros. Besaba mi pelo suavemente mientras yo tenía que callarme murmuos de placer.
-Sí, por supeusto. Soy yo, ¿qué quieres? Ah, ya -me costaba atender.
Se acercó más hacia mí, apartando los mechones rebeldes de mi pelo, bajando lentmente sobre mi cuello con su lengua. Me estremecí.
-Ay, perdona, ¿podrías repetir lo último? -ni siquiera prestaba atención a la voz que sonaba por el otro lado del auricular.
Besó mi clavícula con dulzura y paciencia mientras esperaba a que dejara de hablar. Acariciaba mi cadera cuando comenzó a tirar de la ropa juguetonamente hacia arriba. E ronroneo de placer que guardaba en mi gargante se escapó.
-No, no fue nada. Estoy... ocupada. Sí, hablamos luego. Claro ya te llamaré. Adiós -atajé, mientras pulsaba la tecla para apagar el móvil.
-Graciasssss, mmmm -me murmuró cerca de mí, demasiado cerca, haciéndome vibrar con su voz.
Mordió mi hombro, descubriendo bajo la ropa parte de él. Seguía acariciándome la cintura y parte de la barriga, cosquilleándome la piel. Comencé a temblar.
-Hey, hey... de-despacio... -balbuceé.
Hizo caso omiso a mi ruego y recorrió a besos ascendientes mi cuello, llegando a mi oreja y mordiéndome el lóbulo. Tuve que cerrar los ojos mientras un rubor ferviente me marcaba de rojo las mejillas. Cuando empezó a desabrocharme los pantalones, dejé escapar la colección de murmuros y gemidos que tenía escondidos. Y después todo quedó oscuro, porque la escena era sólo suya y mía. Íntima y perfecta.
Pero de pronto, la musiquita de mi móvil rompió la magia de la sencillez. Él gimió molesto y quitó los brazos de encima de mí para que pudiera contestar la llamada. Cogí el aparato, suspiré y pulsé la tecla verde:
-¿Aló? -contesté apartándome el pelo de delante de la cara.
Él volvió a abrazarme por la cintura y me atrajo hacia sí. Sonreí para mis adentros. Besaba mi pelo suavemente mientras yo tenía que callarme murmuos de placer.
-Sí, por supeusto. Soy yo, ¿qué quieres? Ah, ya -me costaba atender.
Se acercó más hacia mí, apartando los mechones rebeldes de mi pelo, bajando lentmente sobre mi cuello con su lengua. Me estremecí.
-Ay, perdona, ¿podrías repetir lo último? -ni siquiera prestaba atención a la voz que sonaba por el otro lado del auricular.
Besó mi clavícula con dulzura y paciencia mientras esperaba a que dejara de hablar. Acariciaba mi cadera cuando comenzó a tirar de la ropa juguetonamente hacia arriba. E ronroneo de placer que guardaba en mi gargante se escapó.
-No, no fue nada. Estoy... ocupada. Sí, hablamos luego. Claro ya te llamaré. Adiós -atajé, mientras pulsaba la tecla para apagar el móvil.
-Graciasssss, mmmm -me murmuró cerca de mí, demasiado cerca, haciéndome vibrar con su voz.
Mordió mi hombro, descubriendo bajo la ropa parte de él. Seguía acariciándome la cintura y parte de la barriga, cosquilleándome la piel. Comencé a temblar.
-Hey, hey... de-despacio... -balbuceé.
Hizo caso omiso a mi ruego y recorrió a besos ascendientes mi cuello, llegando a mi oreja y mordiéndome el lóbulo. Tuve que cerrar los ojos mientras un rubor ferviente me marcaba de rojo las mejillas. Cuando empezó a desabrocharme los pantalones, dejé escapar la colección de murmuros y gemidos que tenía escondidos. Y después todo quedó oscuro, porque la escena era sólo suya y mía. Íntima y perfecta.
diumenge, 3 d’octubre del 2010
Hoy,
Hoy es uno de esos días en que no tienes ganas de nada. En que lo único que piensas es "Joder, cómo brilla el sol y yo pudriéndome en este agujero de mal augurio". Es el clásico día en el que sólo quieres escribir y lo único que te importa de la gente es que lo lea y se sienta como tú. Es el típico día para esconderse y no volver a salir.
Suicidio.
Suicidarse.
1. prnl. Quitarse voluntariamente la vida.
Suicidio.
m. Acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza.
Tenemos que el suicidio es un acto que se escoge deliberadamente, es decir, en plena consciencia de lo que se va a realizar. Consiste en que, utilizando el estado de soberbia, el sujeto se quite la vida voluntariamente, porque así lo escogió él y sin efecto de otras personas. El suicidio es un acto que acarrea graves consecuencias sobre la misma persona, el mismo sujeto. Intentarlo puede significa, de hecho en la mayoría de los casos lo hace, la muerte. Así que tenemos que suicidio es igual a la muerte voluntaria.
Muerte.
(Del lat. mors, mortis).
1. f. Cesación o término de la vida.
La muerte es un estado en el cual ya no se siente nada, pues es en la vida cuando tenemos las emociones. En vida sentimos, sufrimos, tenemos hambre y sed, pero también notamos la alegría y la esperanza. Cuando cesa ésta, queda la muerte, un período donde hay paz y no la hay.
Formas de suicidio:
·Cortarse las venas.
·Sobredosis.
·Inhalación de gas.
·Ahorcamiento.
·Pastilla de cianuro.
·Atropellamiento (coche o tren)
·Inyectarse aire en las venas.
·Envenenamiento.
·Inhalación de monóxido de carbono.
·Tirarse desde un edificio alto o puente.
·Elecrtocutación.
·Frío extremo/Calor extremo.
·Químicos (morflina).
Formas más rápidas:
·Corte en el cuello (venas importantes).
·Corte en la ingle.
Conclusión: Suicidarse es una estupidez. Si no fuera ya suficiente con que la vida nos pone donde quiere y se va cuando quiere, suicidarse es añadirle un punto, darle un tanto más. La verdadera voluntad está en seguir vivo y mirar hacia delante. Eso siempre que tengas algo por lo que luchar. Pero cuando no te queda nada y solamente ves el lado malo de las cosas, ¿por qué seguir luchando? Ahí entra la parte caótica del suicidio: el cobarde jamás podrá siucidarse; el valiente sí. Suicidio, ¿cobardía o valor?
Eutanasia.
(Del gr. εὖ, bien, y θάνατος, muerte).
1. f. Acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él.
2. f. Med. Muerte sin sufrimiento físico.
Viendo esta definición.
Lo primero que hay que pensar es: ¿qué es estúpido y qué no?
•Guardando silencio y, minuto tras minuto, que pase el tiempo.
1. prnl. Quitarse voluntariamente la vida.
Suicidio.
m. Acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza.
Tenemos que el suicidio es un acto que se escoge deliberadamente, es decir, en plena consciencia de lo que se va a realizar. Consiste en que, utilizando el estado de soberbia, el sujeto se quite la vida voluntariamente, porque así lo escogió él y sin efecto de otras personas. El suicidio es un acto que acarrea graves consecuencias sobre la misma persona, el mismo sujeto. Intentarlo puede significa, de hecho en la mayoría de los casos lo hace, la muerte. Así que tenemos que suicidio es igual a la muerte voluntaria.
Muerte.
(Del lat. mors, mortis).
1. f. Cesación o término de la vida.
La muerte es un estado en el cual ya no se siente nada, pues es en la vida cuando tenemos las emociones. En vida sentimos, sufrimos, tenemos hambre y sed, pero también notamos la alegría y la esperanza. Cuando cesa ésta, queda la muerte, un período donde hay paz y no la hay.
Formas de suicidio:
·Cortarse las venas.
·Sobredosis.
·Inhalación de gas.
·Ahorcamiento.
·Pastilla de cianuro.
·Atropellamiento (coche o tren)
·Inyectarse aire en las venas.
·Envenenamiento.
·Inhalación de monóxido de carbono.
·Tirarse desde un edificio alto o puente.
·Elecrtocutación.
·Frío extremo/Calor extremo.
·Químicos (morflina).
Formas más rápidas:
·Corte en el cuello (venas importantes).
·Corte en la ingle.
Conclusión: Suicidarse es una estupidez. Si no fuera ya suficiente con que la vida nos pone donde quiere y se va cuando quiere, suicidarse es añadirle un punto, darle un tanto más. La verdadera voluntad está en seguir vivo y mirar hacia delante. Eso siempre que tengas algo por lo que luchar. Pero cuando no te queda nada y solamente ves el lado malo de las cosas, ¿por qué seguir luchando? Ahí entra la parte caótica del suicidio: el cobarde jamás podrá siucidarse; el valiente sí. Suicidio, ¿cobardía o valor?
Eutanasia.
(Del gr. εὖ, bien, y θάνατος, muerte).
1. f. Acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él.
2. f. Med. Muerte sin sufrimiento físico.
Viendo esta definición.
Lo primero que hay que pensar es: ¿qué es estúpido y qué no?
•Guardando silencio y, minuto tras minuto, que pase el tiempo.
Desolación.
La chica se dirigió lentamente al punto de encuentro. El corazón le latía a mil por hora, sabía que se estaba equivocando, que bajo ningún concepto debía acudir. Pero lo hizo, sólo para verla a ella. Y esa había sido una de las condiciones "no quiero que tu novio o tu amigo vengan a esta cita, es sólo entre tú y yo". Cuando la vio, sus latidos pronto se hicieron inexistentes, y quedó a merced de alguien que no tenía ni una pizca de buenas intenciones. La saludó tímidamente, aunque se moría de ganas de tirarse sobre ella. La otra chica, por su parte, se alejó un poco y la miró con desprecio. "Es increíble que esté haciendo esto" pensó.
Ambas comenzaron a caminar calle abajo, la chica de pelo castaño admiraba las formas de la chica de pelo negro. Hablaron largo y tendido de cosas que el pensamiento prefiere no analizar. Ella se defendí como podía mientras que la chica de pelo carbón no paraba de decirle toda la culpa que asumía.
-Es por tu culpa. Mi madre me riñó, discutimos porque tú me habías puesto nerviosa. Y con mi mejor amiga tenemos problemas porque está celosa de ti. Y joder, con mi novio, él no quiere que te vea, y tú no insistes más que en quedar. Estoy un poco harta, sólo me causas problemas, en serio. Deberías dejarme un poco .-decía con voz de preocupación.
Siguieron caminando, la chica de pelo marrón contenía los sollozos como era capaz. Al final acabaron sentadas en un banco, hablando, cuando la castaña ya no podía contener más las lágrimas y se derrumbó entre nervios y gritos.
-Oye lo que te decía de mi novio...
De pronto él apareció por la derecha, saltando el respaldo del banco. Y su mejor amigo, pasó tranquilamente por la izquierda, como si no viniera la cosa. Ella se quedó petrificada observando las dos figuras. Ahora se le sumaban otros dos infiernos delante de los cuales no quería llorar. Trató de parar, pero no lo consiguió.
La tanda de bombas que se le sucedieron fue demasiado para que ella, con el cuerpo menudo y las fuerzas agotadas, pudiera resistirlo. Se quedó en el parque, sola y llorando, viendo cómo la gente feliz y las parejas igualmente felices, pasaban sin prestarle ni la más mínima atención.
Ambas comenzaron a caminar calle abajo, la chica de pelo castaño admiraba las formas de la chica de pelo negro. Hablaron largo y tendido de cosas que el pensamiento prefiere no analizar. Ella se defendí como podía mientras que la chica de pelo carbón no paraba de decirle toda la culpa que asumía.
-Es por tu culpa. Mi madre me riñó, discutimos porque tú me habías puesto nerviosa. Y con mi mejor amiga tenemos problemas porque está celosa de ti. Y joder, con mi novio, él no quiere que te vea, y tú no insistes más que en quedar. Estoy un poco harta, sólo me causas problemas, en serio. Deberías dejarme un poco .-decía con voz de preocupación.
Siguieron caminando, la chica de pelo marrón contenía los sollozos como era capaz. Al final acabaron sentadas en un banco, hablando, cuando la castaña ya no podía contener más las lágrimas y se derrumbó entre nervios y gritos.
-Oye lo que te decía de mi novio...
De pronto él apareció por la derecha, saltando el respaldo del banco. Y su mejor amigo, pasó tranquilamente por la izquierda, como si no viniera la cosa. Ella se quedó petrificada observando las dos figuras. Ahora se le sumaban otros dos infiernos delante de los cuales no quería llorar. Trató de parar, pero no lo consiguió.
La tanda de bombas que se le sucedieron fue demasiado para que ella, con el cuerpo menudo y las fuerzas agotadas, pudiera resistirlo. Se quedó en el parque, sola y llorando, viendo cómo la gente feliz y las parejas igualmente felices, pasaban sin prestarle ni la más mínima atención.
Las cosas no funcionan, babeh.
Cuando vi a aquélla chica tumbada sobre la hierba, decidí que tenía que hacer algo. Quizás yo no la conociera mucho o quizás ella fuera mi mejor amiga, pero era una persona en apuros que yo estaba dispuesta a ayudar. Y más que dispuesta, iba a hacerlo. Así, sin más, me senté a su lado y le sonreí. Tampoco tenía ganas de sonreírle, tenía muchos problemas apuntando con destrozar mi corazón, pero, ¿qué más da que sufras tú cuando los de tu alrededor son felices? Le tendí una mano, y entre aspavientos de confusión y risitas nerviosas de miedo, le dije "Todo irá bien, tranquila". Y todo fue bien. Luché por lo que había prometido que lucharía, me enfrenté a ello con dudas, valor, angustia y fervor. Por el camino encontré a otras personas heridas, más de una me pidió ayuda. Me senté con todas ellas, hablando largo y tendido con las necesidades de cada uno. Algunos, sofocados por el desamor; otros, irascibles por las desgracias propias. Pero en todos ellos algo en común: una necesidad enorme de cariño y confianza.
Supongo que dicho en frío no tiene la misma importancia, y que de hecho, para hablarle a la pantalla del ordenador, suena ridículo. Pero yo pedía una pizca de confianza. Les miré, les hablé, les aconsejé y les ayudé. Yo a cambio quería un poco de "Muy bien, sigue así" y otro de "Vale, confío en ti, espero que puedas hacerlo". Pero curiosamente son las palabras más difíciles de oír, en este ambiente. Sí, supongo que me lo merezco, todo el silencio conseguido. Y de lejos, ¿cómo se ve? ¿Como egoísmo puro? Vaya.
La chica me devolvió la sonrisa y supe que algo había cambiado dentro de mí. Me enfrenté a lo que hizo falta para ver de neuvo aflorar esa sonrisa entre unos labios tímidos. Pero lo conseguí. Y eso me acarreó problemas, pero lo había conseguido. Ahora aún me pregunto, ¿por qué? Pero lo había conseguido.
De repente, ya no había ni confianza ni amigos. Simplemente, la persona a la que yo quería se marchó, dejando tras de sí un reguero de sangre y dolor. La miré, vi cómo caminaba inseguramente, mirando atrás de vez en cuándo, y cómo yo era incapaz de alzar la voz o dar un paso hacia delante. Me quedé mirándola, nada más. Seguía ayudando a la chica, mientras las pesadillas se sucedían noche tras noche: te queremos matar, te queremos matar, estás sola, estás sola. Porque sola era lo único que me daba miedo. Porque la solitud es con lo único que pueden amenazarme.
Seguí adelante, mientras el dolor martilleaba mi corazón, y ayudé cuanto estuvo en mi mano. Ella me devolvió la sonrisa y procuró calmar mis malas muecas, pero no lo consiguió. De hecho, nadie jamás lo ha conseguido. Pero al final, logré dar un paso. Y tras este paso, dos más. Cada vez más rápido, hasta que eché a correr. Pronto vi a aquella persona, dando tumbos entre los arbustos, y pude alcanzarla. Pero, ¿dónde quedó todo el amor?
Las discusiones que se sucedieron, se suceden y se acaban. Miro sin comprender, porque veo sin ver. Pero por más que lo intento, no doy con la respuesta adecuada. Haga donde haga, siempre me equivoco. Haga lo que haga, siempre erro. Y al final me canso. Me canso de mirarme en el espejo y odiarme: odiarme por psicología y odiarme por físico. Y me canso de hablar y cagarla, de hablar y ayudar, de hablar y malhablar. Al final de toda esta cadena, ya no me pasa nada.
Pronto el Rey se hartó de mí, la princesa quedó suspendida en un aire incierto y yo volví a las mugrientas cocinas de las sirvientas. No me gustaba aquel trabajo, pero no quería quejarme. No me gustaba vivir así, pero tampoco quería morir. Quería... algo que había olvidado. Algo tan ancestralmente anhelado que no podía pronunciar.
Me cansé de ayudar. Todas aquellas personas a las que yo había tendido la mano, ¿dónde estaban ahora? Yo era la juzgada. Si bien es cierto que yo fui quien deicidió dejar atrás los miedos y luchar, siempre era la juzgada. Como un cerdo, como una vaca, como una oveja esperando en el matadero.
Aquí estoy en un juicio incierto que de ninguna forma he escogido vivir yo. Sólo sé que no sé nada, y que tampoco quiero saberlo. Quiero esconder la cabeza entre almohadas y desaparecer. Porque, ¿de verdad lo merezco? ¿De verdad soy tan mala persona? ¿De verdad suena todo tan egoísta?
Miro al juez, que me devuelve la mirada con odio. Miro al testigo que apostilla contra mí, que me devuelve unos ojos inyectados en desprecio. Miro al jurado popular, que parece reírse de mí. Y me giro para encontrarme un coro de personas que no conozco y que sí conozco, y todas se regodean de mi estado. Así que miro enfrente, bajo la cabeza y pido perdón.
Y es que, a ver, cuando no tienes amigos, ¿a quién hablarle? Por eso lo cuento aquí.
Supongo que dicho en frío no tiene la misma importancia, y que de hecho, para hablarle a la pantalla del ordenador, suena ridículo. Pero yo pedía una pizca de confianza. Les miré, les hablé, les aconsejé y les ayudé. Yo a cambio quería un poco de "Muy bien, sigue así" y otro de "Vale, confío en ti, espero que puedas hacerlo". Pero curiosamente son las palabras más difíciles de oír, en este ambiente. Sí, supongo que me lo merezco, todo el silencio conseguido. Y de lejos, ¿cómo se ve? ¿Como egoísmo puro? Vaya.
La chica me devolvió la sonrisa y supe que algo había cambiado dentro de mí. Me enfrenté a lo que hizo falta para ver de neuvo aflorar esa sonrisa entre unos labios tímidos. Pero lo conseguí. Y eso me acarreó problemas, pero lo había conseguido. Ahora aún me pregunto, ¿por qué? Pero lo había conseguido.
De repente, ya no había ni confianza ni amigos. Simplemente, la persona a la que yo quería se marchó, dejando tras de sí un reguero de sangre y dolor. La miré, vi cómo caminaba inseguramente, mirando atrás de vez en cuándo, y cómo yo era incapaz de alzar la voz o dar un paso hacia delante. Me quedé mirándola, nada más. Seguía ayudando a la chica, mientras las pesadillas se sucedían noche tras noche: te queremos matar, te queremos matar, estás sola, estás sola. Porque sola era lo único que me daba miedo. Porque la solitud es con lo único que pueden amenazarme.
Seguí adelante, mientras el dolor martilleaba mi corazón, y ayudé cuanto estuvo en mi mano. Ella me devolvió la sonrisa y procuró calmar mis malas muecas, pero no lo consiguió. De hecho, nadie jamás lo ha conseguido. Pero al final, logré dar un paso. Y tras este paso, dos más. Cada vez más rápido, hasta que eché a correr. Pronto vi a aquella persona, dando tumbos entre los arbustos, y pude alcanzarla. Pero, ¿dónde quedó todo el amor?
Las discusiones que se sucedieron, se suceden y se acaban. Miro sin comprender, porque veo sin ver. Pero por más que lo intento, no doy con la respuesta adecuada. Haga donde haga, siempre me equivoco. Haga lo que haga, siempre erro. Y al final me canso. Me canso de mirarme en el espejo y odiarme: odiarme por psicología y odiarme por físico. Y me canso de hablar y cagarla, de hablar y ayudar, de hablar y malhablar. Al final de toda esta cadena, ya no me pasa nada.
Pronto el Rey se hartó de mí, la princesa quedó suspendida en un aire incierto y yo volví a las mugrientas cocinas de las sirvientas. No me gustaba aquel trabajo, pero no quería quejarme. No me gustaba vivir así, pero tampoco quería morir. Quería... algo que había olvidado. Algo tan ancestralmente anhelado que no podía pronunciar.
Me cansé de ayudar. Todas aquellas personas a las que yo había tendido la mano, ¿dónde estaban ahora? Yo era la juzgada. Si bien es cierto que yo fui quien deicidió dejar atrás los miedos y luchar, siempre era la juzgada. Como un cerdo, como una vaca, como una oveja esperando en el matadero.
Aquí estoy en un juicio incierto que de ninguna forma he escogido vivir yo. Sólo sé que no sé nada, y que tampoco quiero saberlo. Quiero esconder la cabeza entre almohadas y desaparecer. Porque, ¿de verdad lo merezco? ¿De verdad soy tan mala persona? ¿De verdad suena todo tan egoísta?
Miro al juez, que me devuelve la mirada con odio. Miro al testigo que apostilla contra mí, que me devuelve unos ojos inyectados en desprecio. Miro al jurado popular, que parece reírse de mí. Y me giro para encontrarme un coro de personas que no conozco y que sí conozco, y todas se regodean de mi estado. Así que miro enfrente, bajo la cabeza y pido perdón.
Y es que, a ver, cuando no tienes amigos, ¿a quién hablarle? Por eso lo cuento aquí.
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